Siendo fino, haber quien tiene las santas narices de manejar la situación de esta manera.
jueves, septiembre 25, 2008
miércoles, septiembre 24, 2008
lunes, septiembre 01, 2008
Pabellón Aragón Expo Zaragoza 2008
De las cosas más bonitas que he visto y con las que más me he emocionado, no me importa reconocer que la piel de gallina e incluso alguna lagrimilla derramada, el aragonés que no sienta esto es que no es aragonés.
El bailador es Miguel Angel Berna, disfrutadlo:
El bailador es Miguel Angel Berna, disfrutadlo:
lunes, junio 23, 2008
El día veintidós, Italia dice adiós...
Loooooooo, looooo, looooo, lo, lo ,lo, lo, loooooooooo queeeeeee viiiiiivaaaaaa Españaaaaaa...
Y ahora a por Rusia...
Y ahora a por Rusia...
jueves, junio 19, 2008
Guerra en la Oficina
Miro este video y descubro lo soberanamente aburrido que estoy en mi trabajo, ¿no podríamos tener iniciativas de estas?
martes, mayo 06, 2008
lunes, abril 14, 2008
HOY
Me prometí a mí mismo que era la última vez que lo hacía, pero he vuelto a fracasar.
Es noche cerrada y me encuentro sentado, apoyado en la pared de su dormitorio, exhausto por el esfuerzo realizado, con la mirada perdida y un ligero temblor en las manos que deduzco es por la bajada de adrenalina.
Observo sus ojos, a escasos metros de mí, tan llenos de vida hace unos instantes, y tan fríos ahora, carentes de expresión, como los de esos absurdos maniquíes de tienda barata.
Ella se encuentra tumbada en la cama, con la cabeza sobresaliendo por uno de los laterales de la misma, lo que le da un toque todavía más grotesco, con su hermoso pelo rubio y liso colgándole ahora por uno de los lados de la cara salpicada de sangre, de su sangre. La sangre estaba presente por todo el dormitorio y es que, cuando se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, ejerció toda la resistencia que puede ofrecer una persona que sabe que va a morir, pero que en el fondo lo único que consigue es prolongar su agonía.
Como dije antes, he fracasado, pero he tomado la determinación de poner fin a toda esta escalada de violencia y muerte de la única manera posible, tengo que arrancar de mi cuerpo esa ansia macabra y solo hay una manera de conseguirlo.
Me encuentro agotado y la única manera de recoger la pistola que ahora se encuentra en el suelo en medio de un gran charco de sangre es yendo a gatas como un bebé; me incorporo en esa posición e inmediatamente siento un dolor agudo en la palma de mi mano izquierda que hace que me desplome sobre ese costado. Sorprendido por esta punzada de dolor me miro la mano y observo con cierta sorpresa que llevo un corte bastante profundo desde la base del pulgar hasta el meñique del que no para de brotar sangre que acaba goteando al suelo desde el dorso de mi mano; me quedo solo un momento observando el goteo incesante de sangre, como si aquello fuera un grifo mal cerrado y decido retomar mi tarea de alcanzar la pistola, esta vez apoyándome en el antebrazo izquierdo, lo que me da cierto parecido con un perro herido en una de sus patas.
Recojo la pistola que ya se había empezado a adherir al suelo debido a que la sangre que la rodeaba había empezado a secarse y por lo tanto a espesarse.
Vuelvo, no sin cierto esfuerzo, a la posición en la que me encontraba antes, sentado delante mi último, esta vez definitivamente sí pienso para mis adentros, desahogo.
Quiero, no, mejor, deseo que esos ojos inexpresivos sean testigos del fin de este monstruo.
Saco todas las balas menos una del tambor de la pistola, esa será la que me liberará del instinto.
Coloco el cañón del arma apuntándome directamente al pulmón, es un momento difícil, pero hay que hacerlo, nadie estará a salvo de mí hasta que esto se haga; pienso en mi vida, en los momentos felices de ella, en el pasado, en las cosas buenas que he hecho antes de convertirme en lo que ahora soy; escarbando en mis recuerdos me topo con el momento más feliz que jamás he tenido y que por supuesto jamás tendré, es la hora.
Aprieto el gatillo y el sonido de la pistola es atronador, de inmediato noto un dolor muy agudo que me abrasa por dentro, es como si todos mis órganos internos se estuvieran calcinando. En un segundo, por el orificio por el que ha entrado la bala comienza a salir a borbotones sangre que termina de empapar de color rojo la camisa que ya de por si estaba parcialmente teñida de ese color. Me empieza a costar respirar, cada bocanada de aire que tomo hace que pierda más sangre y noto como mi vida va desapareciendo a través del orificio de mi pecho, noto como todos los sonidos de mí alrededor van apagándose y como mis párpados empiezan a cerrarse; observo por última vez el rostro que se encuentra delante de mí y me siento liberado, me siento feliz, muero… que Dios me perdone.
Es noche cerrada y me encuentro sentado, apoyado en la pared de su dormitorio, exhausto por el esfuerzo realizado, con la mirada perdida y un ligero temblor en las manos que deduzco es por la bajada de adrenalina.
Observo sus ojos, a escasos metros de mí, tan llenos de vida hace unos instantes, y tan fríos ahora, carentes de expresión, como los de esos absurdos maniquíes de tienda barata.
Ella se encuentra tumbada en la cama, con la cabeza sobresaliendo por uno de los laterales de la misma, lo que le da un toque todavía más grotesco, con su hermoso pelo rubio y liso colgándole ahora por uno de los lados de la cara salpicada de sangre, de su sangre. La sangre estaba presente por todo el dormitorio y es que, cuando se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, ejerció toda la resistencia que puede ofrecer una persona que sabe que va a morir, pero que en el fondo lo único que consigue es prolongar su agonía.
Como dije antes, he fracasado, pero he tomado la determinación de poner fin a toda esta escalada de violencia y muerte de la única manera posible, tengo que arrancar de mi cuerpo esa ansia macabra y solo hay una manera de conseguirlo.
Me encuentro agotado y la única manera de recoger la pistola que ahora se encuentra en el suelo en medio de un gran charco de sangre es yendo a gatas como un bebé; me incorporo en esa posición e inmediatamente siento un dolor agudo en la palma de mi mano izquierda que hace que me desplome sobre ese costado. Sorprendido por esta punzada de dolor me miro la mano y observo con cierta sorpresa que llevo un corte bastante profundo desde la base del pulgar hasta el meñique del que no para de brotar sangre que acaba goteando al suelo desde el dorso de mi mano; me quedo solo un momento observando el goteo incesante de sangre, como si aquello fuera un grifo mal cerrado y decido retomar mi tarea de alcanzar la pistola, esta vez apoyándome en el antebrazo izquierdo, lo que me da cierto parecido con un perro herido en una de sus patas.
Recojo la pistola que ya se había empezado a adherir al suelo debido a que la sangre que la rodeaba había empezado a secarse y por lo tanto a espesarse.
Vuelvo, no sin cierto esfuerzo, a la posición en la que me encontraba antes, sentado delante mi último, esta vez definitivamente sí pienso para mis adentros, desahogo.
Quiero, no, mejor, deseo que esos ojos inexpresivos sean testigos del fin de este monstruo.
Saco todas las balas menos una del tambor de la pistola, esa será la que me liberará del instinto.
Coloco el cañón del arma apuntándome directamente al pulmón, es un momento difícil, pero hay que hacerlo, nadie estará a salvo de mí hasta que esto se haga; pienso en mi vida, en los momentos felices de ella, en el pasado, en las cosas buenas que he hecho antes de convertirme en lo que ahora soy; escarbando en mis recuerdos me topo con el momento más feliz que jamás he tenido y que por supuesto jamás tendré, es la hora.
Aprieto el gatillo y el sonido de la pistola es atronador, de inmediato noto un dolor muy agudo que me abrasa por dentro, es como si todos mis órganos internos se estuvieran calcinando. En un segundo, por el orificio por el que ha entrado la bala comienza a salir a borbotones sangre que termina de empapar de color rojo la camisa que ya de por si estaba parcialmente teñida de ese color. Me empieza a costar respirar, cada bocanada de aire que tomo hace que pierda más sangre y noto como mi vida va desapareciendo a través del orificio de mi pecho, noto como todos los sonidos de mí alrededor van apagándose y como mis párpados empiezan a cerrarse; observo por última vez el rostro que se encuentra delante de mí y me siento liberado, me siento feliz, muero… que Dios me perdone.
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